Culturales

DIARIO DE UNA SINGLADURA ENTRE AMIGOS.

DE CÓMO SURGE LA IDEA Y DE LOS PREPARATIVOS DEL VIAJE

Creo recordar que fue allá por marzo de 2009 cuando vino a mi casa de Punta Umbría una amiga nuestra a echar un café y me contó que su marido iba a hacer realidad con ocasión de su cincuenta cumpleaños uno de sus más anhelados deseos, cual era asistir a un gran premio de motociclismo a celebrar en Italia, yendo él sólo en su propia moto. En total una semana de viaje y estancia en la zona norte de Italia devorando kilómetros de autopista en su potente moto, viaje que llevaba mucho tiempo soñando y preparando.

Después de aquélla visita, me quedé yo sólo rumiando conmigo mismo y pensando que a mí también me gustaría hacer algo parecido, no en moto, sino en barco, que pasan los años y que hay que aprovechar para hacer lo que te gusta. Había leído acerca de cientos de viajes en libros y revistas náuticas, de periplos por todo el mundo de navegantes solitarios o no solitarios, envidiando su suerte. Muchas veces había soñado despierto imaginando o planeando cruceros a vela por las Islas Baleares, por El Mediterráneo o El Algarve, a la Isla de Alborán, al Caribe, a la Polinesia, a las Canarias, remontar el Guadiana, el Guadalquivir, cruzar el Estrecho, etc. Pero, tenía un par de problemas. Por un lado con mi modesto barquillo no podía llegar muy lejos; por otro lado, mi familia no estaba mucho por la labor, no podía contar con ellos.

Poco después, me fui de comida con mis amigos de Ágape y empezamos a hablar del tiempo que llevábamos celebrando nuestras famosas reuniones gastronómicas, íbamos a hacer veinte años, había que celebrarlo de alguna manera “especial”, y de pronto me vino a la cabeza, por qué no, voy a lanzar la propuesta a ver qué dicen éstos, total, por intentarlo no pierdo nada.

Así que a la hora de las copas, sentados en una terraza al sol en El Rompido, contemplando la Ría, me decidí: podíamos celebrar nuestro veinte aniversario yéndonos en un barco de alquiler, una semanita por el Algarve tratando de llegar hasta el Cabo de San Vicente, haciendo noche a bordo, recalando en algunos de los puertos deportivos de la costa portuguesa.

Ya se sabe que de insensatos está el mundo lleno, empezando por mí. Mi ilusión y mis ganas podían más que mi cabeza que me decía que a dónde podría ir yo con semejante tripulación y si no sería meternos en un berenjenal de complicaciones marinas.

En primer lugar mi propia experiencia no pasaba de navegar por los alrededores de Punta Umbría en un barco de apenas seis metros y algunas incursiones más lejanas de tripulante en algún otro barco en los que prácticamente me había limitado a hacer poco menos que de contrapeso. Contaba con el Álvarez, experto patrón de recreo igual que yo, pero……de rapidísimos barcos a motor. El Jabato al menos había subido a algún que otro velero….aunque su experiencia más bien se limitaba a poner las copas de la tripulación. Pedro había navegado algunas veces conmigo, incluso nos hundimos una vez, y había tenido su propio barco, un 420, aunque quien lo manejaba creo que era más que nada su mujer. El Moreno era experto practicante de esquí náutico, bueno eso decía, aparte de eso, no sabía distinguir babor de estribor. El Baena lo más lejos que había llegado en barco era a los bajos de Punta Umbría, aparte de montarse en la canoa. En cuanto al López, ¡¡era sevillano!! y el Romero, toma ya, ¡¡de Valdelamusa!!, aunque a su favor hay que decir que desde que vivía en Mazagón, sabía diferenciar una piragua de una tabla de windsurf..

Retomando el tema donde lo dejé. Para mi sorpresa, a todos los asistentes les encantó la propuesta y la acogieron con entusiasmo, felicitándome por la idea que había tenido. Faltaban aquel día Pedro y el López, pero ya les contaríamos. Así pues, ese día, creo que del mes de abril, comenzó a gestarse la aventura a la que nos enfrentábamos con algunos inconvenientes, aparte de los mencionados de la preparación de la tripulación con que iba a contar. Básicamente, tales inconvenientes venían de la necesidad de obtener la correspondiente “autorización” conyugal para evadirnos una semana de nuestras casas, con la fama que arrastran los insignes miembros de Ágape, de mujeriegos, borrachines y juerguistas empedernidos. Bueno, algunos más que otros. Aparte de ello, había que contar también con los permisos laborales necesarios. Por último, el tema económico también había que sopesarlo. Salimos de allí quedando en obtener información al respecto sobre posibles barcos que pudiésemos alquilar, coste a sufragar, planteamiento del asunto a los respectivos cónyuges así como a Pedro y al López, etc…

En la siguiente reunión de Ágape se concretan y exponen las averiguaciones realizadas por los encomendados:

Primera y peliaguda cuestión: Dejando aparte a aquéllos eximidos de tener que solicitar el permiso de la parienta, el Jabato y El Romero, este último aseguró ya de principio no contar con objeciones algunas, el Moreno tampoco parecía tener problemas pues lo daba por hecho, y el que suscribe ha expuesto la cuestión y ha conseguido negociar en condiciones más o menos favorables un permiso de tres o cuatro días, no más allá. El Álvarez parece no tener tampoco grandes problemas. Pedro, quien fue puesto al corriente convenientemente, ha sido incluso animado por su contraparte a realizar el viaje y el Baena no se ha atrevido a plantearlo aún, temeroso de lo que puede caerle encima, pero confía en obtener el visto bueno marital. Del López nada serio se sabe, sólo responde con tonterías y parece que no acaba de creerse que realmente vayamos en serio con la idea.

Segunda cuestión: el barco. Afortunadamente para nosotros el vocal almejero ha hecho fructíferas gestiones con un sobrino de Delia que tiene un barco dedicado al alquiler. Se trata de un Bavaria de 12 metros de eslora, con tres camarotes dobles más el salón, también convertible en cama doble, que nos deja por un precio más que razonable para los cuatro días que finalmente hemos consensuado para el viaje. Además, suerte marinera la nuestra, el barco tiene su base durante el verano en Albufeira, con lo que nos evitamos el tramo Huelva/Albufeira, el más largo y complicado por el viento de proa que suele predominar, con lo que ya desde el primer día vamos a estar en pleno corazón algarviano y en la parte más bonita de la costa.

Despejadas por tanto las primeras dudas e inconvenientes, pasamos a concretar la fecha elegida para el viaje acordando entre todos realizarlo desde el jueves día 18 hasta el domingo 21 de junio de 2009.

En reuniones posteriores se van perfilando todos y cada uno de los asuntos que se nos van ocurriendo como necesarios y así entre otros, elaboramos el listado de provisiones, básicamente consistentes en cervezas, cervezas y más cervezas. Bueno algo de fiambre, café y leche condensada también entra en el listado, por cierto que el último producto gustó mucho a un insigne miembro, más adelante se contará…. Acordamos también aportar algo de comida más seria, a traer desde casa por cada uno de nosotros y por supuesto, algo en condiciones que le sacásemos a Marisa, tipo croquetas, empanadas o algo consistente que compensase tanta cerveza. También decidimos crear un fondo común de dinero con el que sufragar todos los gastos del viaje, que por otro lado nos iba a salir muy bien de precio, sobre unos 250 euros, incluyendo alquiler del barco, tasas de los puertos, compra de comida y bebida y hasta las cenas que realizásemos en tierra.

Aprovechando que el barco se encontraría en Mazagón hasta principios de junio, el Moreno, el Jabato, el Álvarez y yo nos acercamos a verlo. Allí nos presentamos y nos encontramos ante un barco bastante grande y amplio en su interior con tres camarotes dobles, salón convertible en cama doble, dos baños y una gran bañera con una enorme rueda de timón. Toda la maniobra del barco estaba dispuesta de manera fácil, ya que ambas velas eran enrrollables por lo que después de preguntar varias cuestiones, quedamos sumamente satisfechos del aspecto del barquito en el que nos íbamos a embarcar, de nombre “Setemare”. Incluso realizamos una segunda visita, concretando aspectos relacionados con el motor y los aparatos electrónicos a bordo, GPS, piloto automático, profundímetro, etc… A la vuelta a Huelva, una comisión debidamente asesorada por nuestra madrina, pasó por Decathlon para encargar unos polos con la leyenda de Ágape.

Por mi parte, procuré recabar información actualizada de la costa y de los puertos donde íbamos a dormir, puesto que el plan era navegar y trastear entre calas, playas y acantilados durante el día comiendo a bordo y a última hora de la tarde arribar al puerto más cercano, cenar fuera y vivir la noche portuguesa a tope, al menos esa era la idea inicial, ya veremos en qué quedó. De mucha ayuda fue el amigo de Javier, Paco Pinto, que nos prestó información cartográfica de gran interés de los puertos portugueses, de la navegación por sus aguas y de sitios y lugares que ver y donde comer incluso.

DE CÓMO SE DESARROLLA LA AVENTURA

PRIMER DÍA: JUEVES, 18 DE JUNIO

Para llegar a Albufeira, acordamos distribuirnos en dos coches y así en el del Romero van Pedro, El Baena y el López, que viene desde Sevilla en la camioneta. En el coche del Moreno, el Jabato, el Álvarez y yo. Hemos quedado en salir nosotros primero sobre las 8,30 h de la mañana y tras recogerme a mí, que soy el último, desayunamos los mejores churros de toda Huelva, que diría el Moreno, en la plaza de toros y enseguida salimos hacia Portugal. Después de pasarnos en la autopista y dar media vuelta, llegamos al puerto deportivo de Albufeira, donde se encuentra el barco. Muy poco después de nosotros, llega el resto así que enseguida cargamos las bolsas en el barco, donde nos espera su dueño y sobrino del Álvarez. Quedamos a bordo con él para darnos cuenta de los últimos detalles y papeleo correspondiente y mientras el Jabato, el López, el Moreno, el Baena y el Romero (lo mejorcito de la tripulación, vamos) se dirigen a dar cuenta de las primeras cervezas en un local del puerto, el Álvarez, Pedro y yo nos acercamos con el dueño a llenar el tanque de gasoil del barco

En esos momentos, a la hora de sacar el barco de su pantalán con un poco de viento que se ha levantado, me doy cuenta de repente de la enormidad del barco, que al dar avante se “aconcha” sobre el vecino de pantalán por la acción del viento que sopla por estribor. Menos mal que lo maneja su dueño y más o menos salimos como podemos después de algún que otro roce, para dirigirnos al muelle de la gasolinera, llevando yo ya el timón y eso que habíamos quedado que el patrón a motor era el Álvarez y que yo me encargaría de navegarlo a vela. Una vez lleno de combustible, decidimos no volver al pantalán, después del numerito para salir de allí, por lo que nos dirigimos al muelle de espera, a proa y contra el inoportuno viento que repentinamente se ha levantado justo cuando hay que salir del puerto. Allí desembarcamos al dueño y ahora no aparecen los de las cervezas, ni contestan al teléfono, seguramente nos están buscando en el pantalán donde estaba el barco atracado. Por fin los encontramos y ya todos a bordo, embocamos la salida del puerto de Albufeira por un cortado artificial hecho en la montaña y que es el estrecho canal de salida del puerto.

Mientras salimos, el López reclama que el fondo común costee la abultada factura por las cervezas que han tomado en el bar de la marina. Reclamación que es rápidamente desestimada por la mayoría de la tripulación. No obstante, persiste y persiste y persiste…..

Todo esta maniobra de atraques, desatraques y salida de puerto me ha tocado a mí, en clara dejación de funciones del patrón de motor, que da la impresión que se acojonó con lo ocurrido en la salida del pantalán y por ahora no muestra señales de recuperación. Entre una cosa y otra, hemos salido aproximadamente sobre las 12,30 h.

Una vez fuera del puerto, largamos sólo la génova, en vista del viento que hace, pero después de comprobar que andamos poco, que no hace tanto viento, aunque sí una ligera marejadilla, desenrrollamos también la vela mayor y después de alguna primera indecisión, ponemos rumbo hacia el oeste. Con tanto ajetreo con la salida, el hambre acucia, así que empezamos a sacar algo de comida y bebida que hemos puesto a enfriar nada más llegar a bordo.

El barco se mueve a consecuencia de las pequeñas olas que ha dejado el viento que nos ha recibido, así que nada más empezamos a comer y beber, reparamos en que el López y el Romero no participan del refrigerio, más bien permanecen callados, con la cara pálida y sudorosa y muy serios, como arrepintiéndose de dónde se han metido. El López se ha mareado a las primeras de cambio y el Romero no ha tenido otra ocurrencia que meterse en el baño del barco cuando más se movía y ha salido más blanco que el mármol. ¡Qué suerte la nuestra, dos menos para comer y beber las cositas ricas de Marisa!

Primera lección a bordo: mientras naveguemos, la popa es el lugar apropiado para evacuar la cerveza que el cuerpo no sea capaz de retener, convenientemente agarrados al backstay o cuerda que sujeta el palo por la popa, como diría el Moreno. El baño del barco queda para mirarnos en el espejo y poco más, los zurrullos se sueltan una vez lleguemos a puerto y en caso de necesidad extrema, ahí está la borda. Alguna pequeña lección más sobre las “cuerdas” que hay en el barco por todos lados, el funcionamiento de los winches y las velas, del timón y de lo que es barlovento y sotavento. Convenientemente instruida la tripulación, el mar parece calmarse un poco, aunque los mareados siguen igual de inapetentes por ahora. Nos echamos mutuamente cremitas, menudo barco de mariposones, si nos viesen en la oficina, y a navegar.

Una vez entablado el rumbo, casi todos pasamos por el timón, una enorme rueda, con lo que damos más de un bandazo. El “mando” del barco queda encomendado a los dos patrones de recreo, únicos habilitados para ello, mientras que Pedro y el Jabato echan una mano con los cabos de las velas y los winches cada vez que hay que cambiar de bordo. El Romero y el López se van recuperando lentamente y se toman la revancha con la comida, mientras que el Moreno y el Baena se ponen morenitos y se tiran a la bartola por donde pueden.

Por delante nos quedan unas 20 millas hasta Lagos. Mientras avanzamos, a estribor queda la costa portuguesa, a la que nos acercamos para poder apreciar mejor las numerosas calas y cuevas que hay por todos lados. Hacemos alguna paradita para darnos un baño y a media tarde pasamos por delante de Armaçao de Pera, Carvoeiro, Portimao y más adelante Alvor, para avistar poco después la ciudad de Lagos, donde vamos a hacer noche, y la famosa Ponta da Piedade más hacia el oeste. Después de recoger las velas y de entregar el mando, ahora sí, al patrón de motor, entramos a puerto dejando a babor el castillo de Lagos, justo en la entrada de la ría, seguimos sobre unos 200 o 300 metros hasta que llegamos al muelle de espera, en la parte derecha de la ría. Desembarcamos para acercarnos a la oficina del puerto, entregamos los papeles correspondientes y nos asignan pantalán. Tenemos que pasar por debajo de un bonito puente levadizo que tienen que levantar cuando lo solicitemos, tarea encomendada al oficial de radiocomunicaciones, el Moreno, que no sabemos cómo, pero acaba dando con la tecla de la radio y solicitando en espa/gués que nos abran el puente.

Una vez dentro del puerto, intentamos de principio atracar de popa, por la comodidad que supone para entrar y bajar del barco, pero finalmente lo hacemos de proa, con menos riesgo para la integridad del “Setemare” y de los barcos vecinos, aunque la tripulación protesta porque la altura del barco hace bastante incómodo acceder al pantalán desde el costado.

Convenientemente aseguradas las amarras del barco y ordenada la cubierta, después de nuestro primer día de navegación, estamos deseando pegarnos una buena ducha y soltar lastre, así que en un par de turnos, vamos pasando por los baños y duchas del puerto, hasta quedar limpitos y olorosos….. y uniformados puesto que el López se ha tirado el detalle de regalarnos un polo a cada uno con un logo en la espalda alusivo al 20 aniversario de Ágape.

Así pues, desembarcamos y tras pasar por encima del puente que comunica las dos orillas de la Ría de Lagos y que lleva al centro mismo de la ciudad, paseamos un rato por las calles principales, todas llenas de restaurantes y de guiris cenando tempranito. Llamamos la atención, todos con el polo del López, con el diseño en la espalda del 20 aniversario, por lo que más de uno se nos queda mirando. Echamos una primera cerveza en un típico bar de guiris y finalmente recalamos en un restaurante de la rúa 25 de abril, que nos recomendó Paco, el amigo del Jabato, con un agradable patio interior donde damos buena cuenta de todo lo que nos ponen .

Decidimos que las copas nos la tomamos en el barco, así que nos volvemos a la Marina de Lagos y al llegar al barco nos encontramos que no tenemos luz a bordo. Parece que el poste de luz cercano donde dejamos enchufado el cable de carga de las baterías antes de marcharnos no funciona por lo que conectamos en otro y poco a poco parece que vamos disponiendo de algo de luz a bordo, aunque muy tenue. Entre unas cosas y otras, se nos ha ido viniendo encima el cansancio acumulado de todo el día, así que, discretamente, sin una mísera copa, vamos retirándonos a nuestras cuevas, como dice el Baena. Antes, nada más llegar a puerto, habíamos sorteado las camas, habiéndonos tocado al Baena y a mí en el camarote de popa/estribor, al Moreno y Pedro en popa/babor, al Jabato y Romero en proa y el Álvarez y el López en el salón convertible en cama doble. Finalmente el López decide irse a dormir a la cubierta, así que coge su saco y se acomoda a proa del palo, durmiendo al fresco. El Álvarez se espatarra en el salón para él sólo.

Dormir en las cuevas por primera vez, en una noche calurosa, en un saco de dormir, en finas colchonetas, con un tío en calzoncillos al lado, ronquidos en estéreo provenientes del salón y el camarote de al lado, otro haciendo ruido por la cubierta, no es precisamente fácil, pero finalmente sucumbimos, eso sí, el culo apuntando hacia la pared, no vaya a ser que el compañero de cama despierte en mitad de la noche con ánimo libidinoso.

SEGUNDO DÍA: VIERNES, 19 DE JUNIO

Por fin amanece y más pronto que tarde todo el mundo en planta. Al baño por turnos y prontito a desayunar. Al pasar por el puente que cruza la ría, observamos que una espesa niebla cubre toda la salida de la ría y la costa. Desayunamos en un sitio que los más tempraneros han descubierto no muy lejos y nos volvemos con la idea de salir cuanto antes, que hoy tenemos que llegar hasta el Cabo de San Vicente y volver de nuevo a Lagos, en total un recorrido de unas cuarenta millas náuticas.

A pesar de que la niebla persiste, intentamos salir con la esperanza de que una vez salgamos de la ría, fuera esté más despejado, pero no es así, por lo que después de considerar la posibilidad de perdernos entre la niebla, nos damos media vuelta y volvemos a entrar en puerto, a la espera de que se disipe. Nos quedamos en el pantalán de espera y aprovechamos para reponer las provisiones de cerveza en un supermercado cercano.

En un par de horas y ante nuestra impaciencia por salir y puesto que parece que aunque no del todo, la niebla se ha aclarado un poco y ya no es tan espesa, volvemos a salir y una vez comprobado que en mar abierto no hay tanta niebla, nos decidimos a continuar y poner proa hacia Sagres y el Cabo de San Vicente. De principio rodeamos a una prudente distancia la Ponta da Piedade, impresionante formación rocosa a la salida de Lagos con numerosas cuevas, grutas, calitas diminutas y acantilados espectaculares. Al poco la rebasamos y, siempre a motor, puesto que no hace nada de viento, arrumbamos al Oeste en busca de una de las esquinas más espectaculares de la Península Ibérica, conocida ya por todos nosotros, pero desde arriba.

Poco a poco, con el motor a media marcha, continuamos una cómoda navegación en un mar completamente en calma, acercándonos de vez en cuando a algún punto de la costa que queremos ver más de cerca. Después de dejar la Ponta da Piedade, pasamos por delante de la Praia do Porto da Mos, que es la playa de poniente de Lagos, también Praia da Luz, tristemente famosa por la desaparición de la niña inglesa, Burgau y Salma. Al pasar por esta zona bastante cerca de la costa, inadvertidamente dejamos a babor una zona acotada a la navegación, parece ser que por existir un criadero de alguna especie marina. Lo cierto es que ninguno nos damos cuenta de ello, hasta que volvemos de regreso y vemos unas grandes boyas amarillas que nos lo indican. Podía haber sido un auténtico problema habernos metido sin darnos cuenta en aquella zona y haber quedado enredados, pero tuvimos la suerte del principiante.

Al poco, tenemos por la proa la ensenada de Baleeira al fondo de la cual se halla Sagres y en medio de la ensenada los Ilhotes do Martinhal. Surge la idea de poder detenernos en Sagres para comer sus afamados percebes y continuar después, pero no vemos claro la posibilidad de atracar el barco en un sitio seguro, puesto que en Sagres sólo existe puerto de pesca, así que continuamos con nuestra pausada pero segura navegación siempre a motor. Pasamos por delante de la Ponta do Sagres y ahora al noroeste vemos clara y nítidamente, puesto que la niebla se ha acabado disipando prácticamente del todo, el majestuoso Cabo de San Vicente, a unas tres millas de distancia.

En este tramo de costa, el acantilado es casi continuo hasta el mismísimo Cabo, salvo por la Praia de Beliche, a la que se llega por un sinuoso sendero entre las rocas, preciosa playa virgen al lado del Cabo. Ahora la espectacularidad de encontrarnos con todo el Atlántico delante, una tremenda sensación de pequeñez nos acoge y nos ponemos algo de abrigo puesto que la temperatura baja considerablemente. Muy poco a poco, deleitándonos con el paisaje, vamos pasando lo más cerca posible de los acantilados hasta llegar al mismo Cabo de San Vicente, donde vemos algunos puntitos asomados a los bordes del acantilado que nos saludan con los brazos y nosotros respondemos y pegamos voces.

Casi al mismo tiempo, otras voces nos llegan por nuestra espalda y sorprendidos vemos a cierta distancia un velero con bandera española que nos saluda gritando Ágape, Ágape…. Después de nuestra inicial estupefacción, saludamos y concluimos que nuestro paseo de anoche por Lagos debidamente uniformados con los polos de Ágape ha causado auténtica sensación.

Conforme nos aproximamos al Cabo, observamos que el mar se ha vuelto mucho más azul y hemos empezado a notar una mar tendida que viene del mismo Océano y que genera una ola larga y suave que levanta cierto respeto por donde nos encontramos, así que después de bordear el propio Cabo y navegar unos metros por su cara Oeste, damos media vuelta satisfechos de haber podido llegar hasta este grandioso sitio. Nos despedimos de los de arriba saludando todo lo que podemos y ponemos rumbo a Lagos, adonde tenemos que regresar antes de que la tarde se nos venga encima.

Afortunadamente, el viento empieza a levantarse por lo que por fin podemos desenrrollar las velas en un rumbo cómodo al viento que nos llega por la popa, lo que nos permite una buena marcha al mismo tiempo que el mar permanece calmado. Aprovechamos para comer lo que nos queda de nuestras provisiones, entre otras unas rotundas croquetas de la tata del Moreno y nos peleamos por pillar las últimas cervezas cruzcampo que quedan a bordo, a pesar de haber sido escondidas por el López.

De vuelta atrás, dejamos a babor la zona señalizada con grandes boyas amarillas (de peligro) que no vimos en la ida y en vista de que el tiempo ha mejorado y vuelve a hacer calor, nos damos algún que otro baño cerca de calas y playas perdidas que avistamos a las que, en su gran mayoría, sólo se puede llegar en barco. Esta zona de la costa está mucho menos poblada que la que recorrimos en nuestro primer día entre Albufeira y Lagos, por lo que aparece más solitaria y salvaje, encontrándonos con pocos barcos en nuestro regreso a Lagos, a toda vela, ahora sí.

En el tornaviaje contactamos por teléfono con el socio de honor de Ágape, el Vizcaíno, con el que hablamos todos, pasándonos el teléfono. Menudo marinero hubiese sido también a bordo….

Llegamos a Lagos a última hora de la tarde después de un fantástico día que empezó gris y neblinoso y hemos terminado felices de haber cumplido con nuestro propósito, aunque cansados de todo el día a bordo, por lo que, después de atracar el barco, otra vez de proa, y enchufar en el sitio correcto el cable de carga de la batería, nos damos una ducha reparadora, nos ponemos nuestros politos iguales, esta vez azules, cortesía del amigo de Javier y salimos hacia el centro de Lagos buscando un restaurante recomendado por el susodicho amigo, en vista de lo bien que resultó la cena del primer día en el local que también nos recomendó Paco Pinto.

Al López ha habido que prestarle útiles de baño, puesto que ha debido de dejar esta mañana en las duchas su neceser, no apareciendo ahora por ningún lado, incluso ha preguntado en la oficina del puerto, no sin cierto acojonamiento ya que parece que en el neceser llevaba algo de hachís y le metemos miedo porque como den con el dueño del neceser que trapichea con droga, puede acabar en chirona. Reímos un buen rato a cuenta de imaginarnos la historia.

Finalmente salimos y damos con el sitio, cenamos estupendamente y vuelta al barco, agotados y deseosos de meternos en las cuevas respectivas. No obstante, siendo viernes noche hay un ambiente fantástico en los bares del puerto, por lo que Pedro, el Moreno y yo nos decidimos a tomar una copa antes de acostarnos, en uno de los bares que vemos más animados, con música en directo. Guiñamos el ojo a un par de güiris, pero en vista del poco éxito de la intentona y del cansancio que nos puede, nos marchamos al barco a dormir y dar por terminado este segundo día.

A nuestra llegada a bordo, el López resopla en la proa, al fresco. Dentro el panorama no es mucho mejor, el Álvarez espatarrado en el salón a ronquido limpio.

TERCER DÍA: SÁBADO 20 DE JUNIO

Una vez todo el mundo arriba, nos dirigimos a desayunar al mismo sitio del día anterior, no muy lejos del puerto. A la vuelta al barco, a lo largo del paseo marítimo de Lagos, nos ofrecen paseos en barco en busca de delfines, lo que nos da la idea de intentar en el día de hoy avistar alguno por nuestra cuenta.

Después de volver a preguntar en la oficina de la marina por el neceser perdido, liquidamos la cuenta y partimos pronto con ganas de aprovechar el reluciente día que hace, afortunadamente sin rastros de la espesa niebla del día anterior. Nada más salir, echamos el ancla frente a la Praia de Doña Ana, la más bonita de las de Lagos y nos bañamos hasta hartarnos, haciendo uso incluso del bote neumático para gamberrear un rato. Poco después, izamos el ancla y después de separarnos de la Ponta da Piedade y comprobar que hace una ligera brisa del oeste, ponemos rumbo sur con la mencionada idea de avistar delfines alejándonos de la costa. Nos adentramos bastantes millas mar adentro en una navegación placentera durante un par de horas, alternándonos en el timón y disfrutando del esplendido caminar del barco con el viento de través, sin apenas escora que nos incomode.

Mientras navegamos, el Jabato ha sugerido preparar un café, cosa que hasta ahora no habíamos hecho, así que bajamos al interior Pedro y yo puesto que nadie más se anima y después de hacer el café en la cocina de a bordo y preparar los vasos y el azúcar, buscamos la leche condensada que habíamos comprado con esta idea y, cuando la encontramos, ¡¡la lata aparece abierta y a mitad de su contenido¡¡. Sin necesidad de muchas averiguaciones, rápidamente aparece el responsable de tan dulce gamberrada, el Moreno, que aguanta durante un buen rato el chaparrón que le cae encima.

Después de comprobar que las rápidas lanchas cargadas de turistas que vemos pasar en busca de delfines se adentran mucho más en el mar y que seguimos sin avistar ninguno, viramos por la proa y ponemos rumbo hacia las proximidades de Portimao, donde queremos pasar la noche. Una vez cerca de la costa, buscamos un lugar apropiado para bañarnos y comer y damos con una formación rocosa al final de la Praia da Rocha, con muchas calitas y recovecos. Echamos el ancla en unos tres metros de agua cristalina, rodeados de otros barcos, muy cerca de la costa.

Aprovechamos para botar de nuevo el chinchorro que tenemos a bordo y con un par de remos algunos se acercan a la orilla, ahuyentado incluso a alguna parejita perdida detrás de alguna roca. El resto de la tarde discurre hasta que apreciamos que con la bajada de la marea, tenemos ya apenas un par de metros bajo el casco, por lo que reanudamos la navegación a lo largo de toda la costa en busca de la entrada de la ría de Portimao.

Mucho más ancha que la de Lagos, la ría de Portimao es navegable hasta la antigua carretera nacional, dejando a la izquierda todo el núcleo urbano de la ciudad, la parte más moderna y turística cerca de la playa y un poco más adentro, la parte más antigua con sus instalaciones portuarias y pesqueras. El puerto deportivo de encuentra a mitad de camino, recientemente construido es enorme al lado del pequeño y coqueto puerto de Lagos.

Entramos a puerto y como siempre, nos detenemos en el pantalán de espera, dirigiéndonos hacia la oficina en busca de que nos asignen un pantalán. En el mismo muelle coincidimos con un velero catalán, que viene de rodear la Península Ibérica en su totalidad y van ya de regreso. A la hora en que hemos llegado a puerto, sobre las siete de la tarde, hace todavía un calor bochornoso en este puerto inmenso y desangelado con un viento ardiente que entra directamente desde tierra, así que una vez el barco en su pantalán, después de ayudar a los catalanes, que sólo son dos, en su atraque, nos dirigimos rápidamente hacia las duchas en la otra punta del puerto en busca de refrescarnos como es debido.

En el centro mismo de la marina de Portimao, un gran hotel divide dos grandes campos de pantalanes, tocándonos a nosotros el que se halla más tierra adentro. Después de las duchas nos dirigimos al hotel y tras cotillear sus instalaciones un buen rato, decidimos llamar a un taxi que nos traslade al centro de Portimao, distante un buen trecho de donde nos encontramos. Esta noche toca ponernos el polo blanco que compramos en Huelva con el logo del veinte aniversario en el pecho, mucho más discreto que los de las dos noches anteriores.

Mientras llega y no llega el taxi solicitado, nos planteamos el lugar para cenar, decidiendo finalmente buscar la zona recomendada por el amigo del Jabato, cuyas sugerencias hasta ahora han dado buen resultado. Con las indicaciones que teníamos, el taxista, en dos viajes, nos traslada a todos a una zona de la ciudad, cercana al puerto, de no muy buena pinta, pero con abundancia de locales con mesas en la puerta donde ofrecen pescado fresco de la costa. Después de rechazar un par de invitaciones para sentarnos en las terrazas, en vista del calor que hemos pasado al llegar y del que todavía hace, nos decidimos por entrar en el interior de un local con aire acondicionado y que resulta ser un sitio con techos abovedados de curiosa apariencia.

Al término de la cena, damos un paseo por un cercano paseo colindante con la ría, muy animado y lleno de puestecillos. Al poco de caminar y puesto que vamos en la buena dirección hacia el barco, decidimos continuar a pié y volver caminando a la marina. Alguno, renqueante y protestando, se queda atrás, pero finalmente conseguimos llegar al barco tras un buen paseo, en algunos momentos por el borde de la carretera que une la zona antigua de Portimao con la nueva.

Una vez más, las copas quedan para otro momento. Cansados y derrengados caemos en los camarotes a cuya relativa incomodidad ya nos hemos acostumbrados. A estas alturas, ni ronquidos, ni movimientos en cubierta, ni el calor, ni ninguna otra circunstancia, impide el descanso de ninguno de nosotros.

CUARTO DÍA: DOMINGO 21 DE JUNIO

El último día de nuestro viaje decidimos empezarlo a lo grande yéndonos a desayunar al hotel puesto que aún nos queda dinero del fondo común, donde hay un desayuno por 12 euros, tipo buffet libre. Después del atracón, vuelta al barco para salir cuanto antes y aprovechar al máximo la última jornada.

Salimos, una vez liquidada la cuenta y, en principio nos dirigimos hacia el interior de la ría para echar un vistazo, entre otras cosas, a un enorme crucero que ha entrado a primeras horas del día. Al poco rato, observamos una nube de piraguas y pequeñas embarcaciones que se dirigen hacia nosotros, lo que nos obliga a separarnos un poco del centro de la ría, advirtiendo enseguida un acusado descenso de la profundidad que nos alarma y nos aconseja dar media vuelta y poner proa al mar.

Tenemos todo el día para regresar hasta Albufeira, así que a poca marcha vamos recorriendo toda la costa, acercándonos cuando se nos antoja para darnos espectaculares baños en calas preciosas. Encontrándonos fondeados en una de ellas, inaccesible por tierra, de pronto aparecen un par de barcos cargados de turistas que desembarcan en la playa para almorzar y disfrutar del lugar, así que salimos pitando de aquel lugar hasta hace un rato tan tranquilo.

En otra impresionante cala, un hotel en lo alto domina todo el paisaje. Nadamos y buceamos por los alrededores, con el barco a muy poca distancia de los acantilados, puesto que el mar se halla completamente en calma.

Así transcurre el día, hasta que poco a poco nos vamos acercando al final de nuestro viaje, el puerto de Albufeira. Apuramos las cervezas existentes y el resto de provisiones que nos quedan que han ido cayendo conforme el abundante desayuno ha ido dejando huecos en nuestras morenas barrigas.

Finalmente, sobre las seis de la tarde, hacemos la entrada triunfal en el pantalán del puerto, esta vez sin más incidencias, con el barco de una pieza y todos los que salimos de vuelta, cosa que al principio era más que dudosa. Recogemos los bártulos, repartimos el material sobrante, básicamente bebidas que no hemos consumido puesto que caíamos derrotados por las noches, mucho papel higiénico y poco más.

Mientras regresamos a los coches, el López sigue sonando con su canción de la factura de las cervezas del primer día.

A MODO DE EPÍLOGO

Si el objetivo inicial del viaje era celebrar el vigésimo aniversario de ÁGAPE, con ocho tíos en un espacio, como es un barco, de dimensiones reducidas, en camaradería y buen ambiente, creo que se ha cumplido sobradamente, aunque en realidad, hemos averiguado a posteriori, el veinte aniversario no se cumple sino hasta el 2011, puesto que la asociación se constituyó oficialmente en el año 1991. No obstante, bien es verdad, que en 1989 empezamos con las comidas de los Tragoni y Paganini, precursoras de Ágape.

Seguro que, de resultas del buen sabor de boca que nos ha dejado el viaje, esto no será más que el comienzo de una nueva etapa de ÁGAPE, que espero larga e intensa.

En Huelva, febrero de 2011.