La Asociación

Breve historia de los orígenes de 

 

 A.G.A.P.E.

 

Todo empezó allá por 1988, cuando cuatro jóvenes –que se conocieron trabajando- inquietos y con ganas de relacionarse y disfrutar de buena comida y buena bebida decidieron reunirse a comer cada mes en un restaurante diferente de la provincia de Huelva. Esos cuatro jóvenes –talluditos ahora- que se llamaban por aquel entonces y se siguen llamando Miguel Ángel, Manolo, Pedro y Rafael continuaron reuniéndose, disfrutando, pagando y comentando las comidas hasta que al grupo se unió un quinto. Tomás, recién llegado al año siguiente, se unió al grupo gracias a la pesadez mostrada por su amigo y compañero, Miguel Ángel. Al poco tiempo, otro “sujeto” llegado al trabajo con Tomás se sumó al quinteto, esta vez gracias a la cansina actuación de su compañero y, a la vez, jefe, o sea, Manolo. Un lío, ¿no? El susodicho se llamaba Javier y sumó el sexto miembro del grupo. No se nos olvidará nunca la putada que le hicimos el día que se iba a incorporar a la primera comida, allá en el restaurante El Paraíso, cerca de Punta Umbría. Le dijimos que comíamos en el Portil, a 15 kilómetros más de distancia y cuando le vimos pasar con su Peugeot 205 blanco a toda pastilla por el restaurante, no tuvimos ni tiempo de avisarle de lo tirado y agobiado que iba –llegaba tarde el muy gorrino- y tuvimos que mandar al pobre Tomás a buscarlo –era el quinto incorporado, faltaría más, no íbamos a ir ninguno de los fundadores, ¡vamos!- y aparecieron de vuelta veinte minutos después. Nos partimos de risa, como es lógico.

A raíz de ese momento, las reuniones empezaron a tomar cuerpo de un modo más “corporativizado” por llamarlo de alguna manera, ya que nos organizamos en dos grupos, los “tragonni” y los “paganini” y la cosa empezó a tomar entidad. Como su propio nombre indica, tres elegían el restaurante, ya que iban a pagar y los otros tres pedían la comanda, que eran los que se la iban a tragar, en este caso, de “gorra”.

Pueden imaginarse fácilmente las caras de los “paganini” cada vez que los “tragonni” pedían vinos o segundos platos. Era de típica revancha, una cosa así como que “te vas a enterar la próxima vez”.

Como la cosa iba cada vez a más y había voluntarios por ahí que empezaba a gustarle el asunto, tomamos una decisión clave. Decidimos que para admitir nuevos socios, sería necesaria la unanimidad y que, además, como detalle de bienvenida, el nuevo incorporado obsequiaría al resto con una opípara comida en un restaurante de reconocido prestigio. Como veréis, morro no nos faltaba.

¡Pues se incorporaron dos más!

En efecto, así fue. El séptimo del grupo se llamaba Antonio, era un sevillano que se nos “incrustó” en Huelva y solicitó la incorporación. Como tenía buen padrino –otra vez el Manolo- no pusimos muchas objeciones porque además era buen tío y le iba al pelo la marcha y nos invitó, ¡hummm…que bueno estaba todo!, a comer en El Paraíso. Buenas coquinas, buen marisco, buen pescado y buenas carnes. En esa reunión se levantó la primera acta que, creo, data de 1991. En ella establecimos nuestras primeras normas y le dimos nombre a nuestra asociación. Al revés, como hacemos todo. Primero le ponemos las siglas según nos gusten y después la llenamos de letras. Así surgió AGAPE, nombre muy a tono con lo que nos movía y que sonaba francamente bien ¿Cómo rellenamos las siglas? Fácil, con un poquito de imaginación, mucho arte y buen gusto, o sea, “Asociación Gastronómica Andaluza para la Promoción de Especialidades”, ¿a que sí? Firmamos y hasta ahora, conservamos el documento ¡Milagro! Porque hemos perdido la tira de papeles y anécdotas.

Y con el séptimo, llegó el Octavo. Paco. Cosa fina. Arte culinario. Rezumando Huelva por los poros. Nos invitó, siguiendo la trayectoria de Antonio en San Bartolomé de la Torre y allí, empezó a forjar su leyenda como el último de los de AGAPE.

De ahí, a la inscripción en el Registro de Asociaciones de Andalucía todo fue uno. Esto empezaba a ser algo serio, pues tomaba cuerpo, como los buenos vinos.

Con estos ocho ilustres paladares las comidas alcanzaban más nivel y se institucionalizaban, puesto que empezábamos a ser conocidos en el mundillo gastronómico a nivel de compañeros de Administración como unos chalados sibaritas que tenían el morro y la excusa de irse a comer con los amigos a cuenta de la recién nacida tradición mensual. Tan es así, que un grupo de chicas del trabajo quisieron emularnos y organizaron ellas mismas su propio grupo. “Asmuja” se llamaron, que traducido al lenguaje urbano viene a significar algo así como “asociación de mujeres jambrientas” ¿Lo cogéis? Nos regalaron un precioso álbum con fotos y comentarios que, como otro documento que más a delante citaré, desapareció de la faz de la tierra. Sin embargo, ¿qué pasó con esa asociación? Lo que tenía que pasar. Que las mujeres…entre ellas…los piques…me aburro…esto no va, ahora no puedo, tengo la regla, el niño lo tengo que recoger…¡un desastre! Acabaron en el baúl del olvido.

Nosotros, sin embargo, como personas agradecidas que somos no las olvidaremos nunca, como tampoco podremos olvidar la invitación que le formulamos a la única mujer que ha comido con nosotros en toda la historia de AGAPE, Juana, de la que guardamos un grato recuerdo. ¡Esa caná!

Como AGAPE seguía reuniéndose para comer hubo otros intentos de incorporaciones pero fracasaron porque en esta asociación, ¡señores!, ¡hay que dar la talla! Así los intentos perversos de un tal Antonio o de un tal Francisco de entrar no llegaron a cuajar porque faltó sencillez y humildad ¡Si, señor, sencillez y humildad!

Pero siempre hay tiempo para corregirse y los paladares de los miembros de AGAPE siempre están dispuestos para recibir atenciones de todo tipo.

Tampoco podemos dejar de lado a nuestro socio de honor, Fernando, de quién tanto hemos aprendido y a quién tanto le debemos. A pesar de ser abuelote ya, siempre tiene tiempo para acompañarnos en la fiesta anual del gurumelo que celebramos cada año en casa de Javier.

Nostalgias aparte y siguiendo con el recorrido histórico, AGAPE siguió su clara tendencia ascendente. Y consiguió, gracias a la diplomacia y las “malas artes” de algunos de sus integrantes una sede permanente que se surtió siempre de los mejores vinos y espumosos. El sitio es secreto y permanecerá siempre así en la memoria de todos nosotros. No obstante, sería fácilmente reconocible si cualquiera que se acerque por allí observase en sus paredes un hermoso emplasto verde que sirvió de “arreglagrietas” en vez de salsa verde, como pretendió un conocido comensal cuyo nombre, por respeto y educación, prefiero mantener en el anonimato. En ese lugar, jamás podremos olvidar aquel día que dos de ellos –cuyos nombres también omito- en su calidad de organizadores nos sirvieron una fuente de ibérico majestuosamente bien presentada, salvo…si obviamos que el que lo servía iba con un delantal con las tetas al aire y con un puro encendido echando cenizas al personal. En fin, cosillas.

La fórmula para organizar las juergas era sencilla. Hicimos sorteos por parejas y cada vez que nos reuníamos, dos cocinaban y seis disfrutaban de la cocina y después de las copas…¡votaban! ¡Qué poquitas veces aprobábamos! Y así, nos turnábamos. Anotábamos los menús, los comentarios y los votos en un cuaderno de bitácora que ¡oh!, ha desaparecido.

La culpa de ello se la echan al pobre secretario de la asociación, pero en realidad la tiene el vocal almejero –un cargo de turbio encaje- que fue el que puso y dispuso de la sede que más éxito ha dado a los miembros de AGAPE.

Antes de ella y después de abandonar nuestra morada de origen, nos trasladamos a Punta Umbría por un tiempo, pero duramos poco.

Nuestro querido Antonio, vocal almejero, nos facilitó durante varios años una sede en el Rompido donde sí pudimos dar rienda suelta a nuestra imaginación y donde alcanzamos nuestros más elevados y sutiles niveles de calidad gastronómica. Pero como no todo puede acabar bien, la verdad es que tuvimos que desalojar la sede y todo lo que ella representaba. Nuestro ajuar doméstico se partió en mil pedazos y tuvimos que hacer reparto. Lo peor de todo es que con la mudanza o lo que fuera, nuestro famoso cuaderno de bitácora se extravió y nunca volvió a aparecer.

Valgan estas líneas al menos como sencillo homenaje a lo que en sus páginas se contiene pues guardan en ellas mucha de nuestra juventud y muchas de nuestras ilusiones y experiencias.

Después de eso -hace ya muchos años-, y hasta nuestros días, AGAPE siguió reuniéndose para almorzar y disfrutar de la cocina onubense a través de sus restaurantes, una vez al mes, tradición que mantenemos. Con faltas, con ausencias más o menos prolongadas pero siempre recibiendo con los brazos abiertos a todos aquellos que, por unos motivos o por otros, se alejaron por un tiempo, nosotros ocho, amigos hermanados alrededor de una mesa y un mantel, celebramos la creación de esta página Web y nos abrimos al mundo de una forma diferente para disfrutar de aquello que más nos gusta. La cocina andaluza en general y la onubense en particular.

Hace ya más de 20 años de todo aquello y parece que fue ayer.